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Un cuento de Ricardo Añez Montiel

Ricardo Añez Montiel nació en Maracaibo, Venezuela, en 1982. Ha publicado los libros Ciudad blanca sobre fondo blanco (Ediciones del Movimiento, 2015), Agonía de los días terrestres (Caleta Olivia – Rangún, 2018; El Taller Blanco Ediciones, 2020), S, M, L (LP5 Editora, 2020), Los regalos y las despedidas (LP5 Editora, 2022), Botella imposible (Luba Ediciones, 2024). Mención de honor en el VIII Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2021 con El rezo de los chatarreros, libro que próximamente saldrá en Quito por El Ángel Editor. Textos suyos han aparecido en medios digitales e impresos de Argentina, Costa Rica, Estados Unidos, España, México, Colombia y Venezuela. Vive en Buenos Aires desde 2007.

Gladys Mendía 4 meses ago 47
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ZORITZA Y LAS HORMIGAS

La imposibilidad de escapar (a modo de prefacio)

Del anterior colegio era más fácil escaparse: era laico, tenía bajo presupuesto y quedaba en el sur. Pero vino la mudanza al ansiado norte y el trayecto se hizo más largo, y a sus padres les comenzaron a disgustar los embotellamientos, la pérdida de tiempo pero sobre todo la de estatus. Ya habían comprado un mejor apartamento y mejores autos para ambos; digamos que se habían actualizado conforme a la buena actualidad de sus finanzas… ¿Qué había que hacer entonces con la educación de la descendencia? ¿Dejarla exactamente en donde estaba, al otro extremo de la ciudad y del estrato? Por supuesto que no; había que traerla más a mano, acorde al nuevo orden social. Eso traía aparejado el progreso: la aparición de la pereza ante las largas distancias, cierta necesidad de inmediatez y de servicio, que aminorara la exigencia corporal y logística. Y se daba por descontada la posibilidad del transporte público o del transporte privado; el cambio debía darse incluso contra el argumento de que aquello provocaría un distanciamiento de sus compañeros cercanos, que conocía desde la primaria y que no se moverían del sur; y contra el otro argumento, no menos importante: que del nuevo colegio sería difícil escaparse, aunque esto último por supuesto no lo dijo, y volvió a hacer énfasis en lo primero.
Era otra cosa que traía aparejada el progreso, o cierta clase de progreso: un entorno mucho más vigilado y más dogmático, el ingreso a un sistema de límites claros, cuasi medievales, donde el afuera era considerado el enemigo, como en un internado. Porque eso mismo era el Colegio San Vicente de Paúl, un internado medieval de altas rejas y de bajos curas fascinados por el control y las circulares solicitando una ayuda (un extra de la cuota), para que el joven padre pudiera continuar sus estudios sacerdotales en España. Pero lo cierto es que eso de “jóvenes” era pura auto indulgencia, porque los padres que viajaban eran viejos. Y si es que viajaban, porque corría el rumor de que la plata la invertían en lujosos electrodomésticos, que almacenaban en algún rincón del colegio, lugar donde también vivían.
En fin, se decían muchas cosas. Y a los curas no parecía disgustarles que se hablara de ellos, porque nunca salían a desmentir; era como si en el fondo ellos quisieran ser el tema del momento en la hora libre, y de ese modo robustecer su peso en las consciencias de los alumnos.
Y él, mientras esperaba en los últimos lugares de la fila, rogaba que la gelatina para el pelo no luciera excesiva, y que resistiera la inspección. Que una vez más resistiera la inspección del cura cuando este le pasase el calzador de zapatos por el costado de la cabeza, para ver cuán largo podía caer el mechón endurecido. Porque ya lo habían mandado de regreso a su casa con una circular que repetía la palabra “peluquero”, y que aprovechaba para recordar la necesidad de una ayuda; y él, al día siguiente, volvía rapado y con dinero en un sobre; y él entonces, al reparar en que en su casa obedecían más las demandas de los curas que las suyas, se sintió solo.
Y aquella era una soledad en un colegio superior, profundamente comprometido con las normas, la competencia por figurar en el cuadro de honor y en el del conformismo. Y él, que en la lista figuraba como el número 40, veía desde su lugar en la fila, luego de que el himno sonara seseado a gran volumen por el altoparlante, cómo el cura hacía pasar al salón primero a las chicas; cómo este les miraba los pechos abultados bajo el jumper, mientras ellas tropezaban unas con otras queriendo entrar rápidamente al salón; apartarse del campo de visión de aquel cura que les decía: “Niñas, no os apresuréis”, sin moverse un centímetro de la puerta, y sin dejar de mirarlas.
Y luego las clases se sucedían, y él pocas veces miraba la pizarra. Se distraía con cualquier menudencia; con la calidad de las mochilas y de los zapatos, de los relojes y de los plateados portaminas, el tipo de postura y el grado de concentración de cada uno. El 40 buscaba alguna diferencia (o acaso alguna familiaridad), algo que resaltara en aquella normalidad apabullante, que podía ser lógica si se consideraba el hecho de que aquellos alumnos se conocían desde la primaria; era el mismo curso atravesando los mismos grados desde que eran niños (como el que él había dejado en el colegio del sur), y ahora, a solo tres años de terminar el bachillerato, ya eran estos un grupo cerrado, con más deseos de graduarse que de lidiar con un nuevo; que de paso se vestía distinto, aunque llevara el mismo uniforme.
Se vestía distinto porque miraba distinto; sus movimientos y su caminar lo eran, lo era su silencio… tal vez porque se había acostumbrado a alternar la calle y las horas de clase con las partidas de pool, los sorbos de cerveza con el examen del día o la presentación oral. Y aquella doble actividad se mantenía en equilibrio, mientras el hueco en el muro no desvelaba a las autoridades… Y una vez afuera, cambiaba la chemise azul por la franela de los Guns N’ Roses, se calzaba la gorra y los encubridores lentes de sol. Se vestía de un civil en libertad, un civil que busca un sorbo de cerveza a la mañana, un vaso repartido entre varios, una ligera sensación de embriaguez. Eso, una ligera sensación de embriaguez para sobrellevar las presiones de la autoridad colegial y de la casa de familia. No emborracharse irresponsablemente (el 40 no pasaba de mojarse los labios) sino de propiciar una ligera alteración de los sentidos. En realidad, aquellas escapadas tenían poco que ver con el alcohol, o con la adrenalina del juego en las mesas de pool, sino más bien con la sensación que dejaba el consumar un delito en secreto, burlar constantemente las barreras y aun así dominar el boletín; ninguno de los escapistas del sur tuvo cero alguna vez; ninguno llevó una sola materia a reparar en vacaciones.
Pero en el San Vicente de Paúl la franela de los Guns, la gorra y los lentes de sol se mantuvieron todo el año en el interior de la mochila, y finalmente en el interior de una gaveta de su cuarto; el 40 inspeccionó disimuladamente todos los bordes del colegio, durante las clases de educación física, durante las horas libres… pero nada, los muros y las rejas seguían infranqueables, y les habían instalado unas cruces que daban electricidad.
Ni hablar del único acceso general habilitado, el del estacionamiento, vigilado por un gordo con un revólver en la cintura. No había forma de huir de aquella confinada realidad, ni del hecho de que sus cómplices del sur se mantendrían en el sur, de que sus nuevos compañeros fueran distantes compañeros. Ni eso, porque en la emisión del penúltimo boletín se alejaron aún más, al sospechar que el 40 no tendría capacidad de progreso; de que irremediablemente iría a reparar en vacaciones.

Pero entonces comenzó el cuarto año, y la chemise pasó del azul al beige; y, para sorpresa de todos, cuando ya algunos se aventuraban a hablar de viaje de graduación o de vida universitaria, cuando faltaban todavía dos años para desuniformarse y vestirse como se les diera la gana, apareció otro nuevo: Zoritza, a quien no tardaron en odiar. Pero no por deficiente (ese lugar ya lo cubría el 40), sino por superdotada. ¿De qué colegio venía y de qué parte de la ciudad era Zoritza? Nadie lo sabía; y ella sólo decía dos cosas: que su nombre era de origen yugoslavo, y que había leído mucho. Lo decía con la misma elocuencia con que sostenía sus intervenciones en las clases de Historia. Zoritza pronunciaba “Oriente” con una mezcla de autoridad y sutileza, como si hubiera pronunciado esa palabra mil veces, como si la conociera en su total dimensión… y eso no solo incomodaba a los alumnos, sino también a los profesores, esa capacidad de apropiación y a la vez de transmisión de las palabras y del conocimiento, porque Zoritza hilaba ideas y ofrecía valientes silogismos que dejaban a más de uno con la boca y los ojos abiertos. Quizás sin darse cuenta, era ella la que daba algunas clases, o abría la posibilidad de una clase alternativa, dictada por los mismos alumnos.
Pero no era esa la interpretación que se le daba. Las bocas abiertas volvían a cerrarse, los ojos abiertos volvían a fruncirse; el odio resurgía, y se hizo aún más patente cuando descubrieron que a la nueva no la dejaban o la buscaban en el estacionamiento; Zoritza entraba y salía del colegio caminando ella sola, saludando al gordo con la mano levantada, como si lo conociera de toda la vida.
Por supuesto, aquella independencia cautivó al 40, con una fuerza cercana a la obsesión. Mientras los otros la denostaban en los pasillos (decían que ese nombre no era yugoslavo nada, sino uno güircho venido de gente pobre), él la admiraba en secreto. La admiraba y no sabía de qué manera decírselo, porque además le gustaba, sentía las costillas arder cada vez que la veía.
Sin embargo, ¿para qué el 40 confesaría su admiración, si lo que en realidad le atraía era lo oculto, la cara imperceptible de ella? ¿No corría el riesgo de espantar sus pequeñas posibilidades al priorizar la sinceridad? ¿Priorizar la sinceridad no era acaso un suicidio? Además, había algo que aumentaba el desconcierto del 40: no había duda de que la nueva tenía el cuadro de honor asegurado, el de ese año y posiblemente el del siguiente. Pero ella ni presumía ni hacía malabares proselitistas para ganarse un lugar entre los sobresalientes, que eran a su vez los populares (en el sur los populares no necesariamente eran los sobresalientes), sino que prefería mantenerse al margen, aislada en un banco con un libro que abría y cerraba intermitentemente, como si leyera páginas al azar mientras duraba la hora libre.
Y el 40 se pasaba todo el rato espiándola. Podía sostener continuamente la mirada sobre ella, sin preocuparse por ser descubierto, porque ella se abstraía de tal modo que parecía traspasar la realidad. Era como si ella disfrutara de estar sola; a diferencia del 40, que en el fondo sufría el no poder o el no saber encajar.
Zoritza conseguía escaparse sin moverse del banco, sin descruzar sus piernas y sin soltar el libro. Se sentaba al estilo indio, aunque a veces se acostaba con las rodillas erguidas y la mochila de almohada, lo que hacía replegar su falda y desnudar buena parte de sus muslos, en los que a veces caminaba una hormiga que ella no trituraba con su mano, sino que llevaba con un dedo a su labio inferior, y de su labio a la corteza de algún árbol del patio, donde los alumnos pasaban la hora libre. Y al 40 aquella informalidad le excitaba; pensaba en Zoritza y las hormigas cada vez que se duchaba, que era varias veces al día, antes y después del colegio.
Era una época en que el 40 se duchaba con bastante frecuencia, y por eso no fue extraño que las únicas palabras que le dirigiera Zoritza, precedidas por un abrazo que debió de priorizar la sinceridad, fueran esas y no otras.
Porque esto fue lo que sucedió: el susodicho libro era el Tao Te King, cuyo autor era el sabio Lao Tse. Era un libro azul con un sinograma chino en la tapa, grande y amarillo, que llamaba la atención de los alumnos. El 40 no tenía la más mínima idea de quién era Lao Tse. Jamás en su vida –ni siquiera en sus años en el sur– oyó que alguien mencionara ese nombre. Y por lo visto los otros tampoco; más de una vez vio el 40 cómo a Zoritza le preguntaban quién coño era ese; nunca en el patio, porque ahí nadie se atrevía a encararla. Pero sí antes de comenzar la clase de educación física o después de que sonara el último timbre, cuando Zoritza se disponía a abandonar el colegio caminando, y entonces respondía al curioso de turno que ese libro que ella siempre consultaba como a un oráculo, decía cosas como: “¡Retírate una vez realizada tu labor!”, o “Manipularlo es estropearlo, y dominarlo es perderlo”, a lo que el curioso de turno reaccionaba arrugando la cara, incrédulo de cómo un chino que en Maracaibo se le asociaba a almacén, restaurante, enigma e higiene dudoso se expresara de esa forma; o porque el cerebro y la mirada del curioso seguían clavados al hemisferio occidental, a la montaña rusa y al outlet, y a la limitada bibliografía de la lista de los curas. Pero no exageremos. Aun siendo ella la mejor estudiante del salón (un logro convencional después de todo), Zoritza era a veces atípica en exceso; al menos en aquel contexto de curas, disciplina y competencia entre alumnos con plata. El 40 también era un poco así; pero el 40 venía de una familia de progreso pujante, esmerada en “pertenecer” aun a costa de las frustraciones que los cambios produjeran en el hijo (frustración y confusión), sufrimiento que Zoritza parecía no tener en absoluto, como si ella ya hubiera encajado pero en algo, digamos, esencial; algo que trascendía la realidad inmediata, en la que el 40 vivía atascado. A Zoritza parecía no importarle la disputa de clases, sino la de la pura inteligencia, y sin puñales por la espalda. Y esa cualidad imperturbable y sincera le concedió a la larga un cierto liderazgo consensuado; finalmente, sus compañeros la comenzaron a respetar y a tratar con más soltura que antes, aunque manteniendo una distancia prudente, por lo intimidante que ella aún seguía siendo.
Tal era su poder que, en la fila de ingreso al salón, el cura empezó a privarse de mirar de más a las chicas desde aquella mañana en que un chillido infernal en el altoparlante coincidiera con los espesos ojos miel de la nueva, retrucándose en los negros del enano en sotana.
Pero un día Zoritza se distrajo en una página elegida al azar; jamás había abierto el Tao Te King antes de entrar al salón a la mañana, y entonces el cura, probablemente impulsado por la oportunidad de venganza, le arrebató el libro abierto de las manos, y se marchó a toda prisa sin justificarse.
Extrañamente, Zoritza ni se inmutó, tal vez previendo lo que el 40 ya había planeado. Por supuesto, la atribución la hacía el mismo 40, porque la realidad era otra y consistía en que Zoritza dejaba que los hechos se sucedieran sin apresurar una acción, evitando interceder con un juicio que llevara al castigo, al perdón o a la católica esperanza, y que las cosas cayeran por su propio peso si tenían que caer.
Pero el 40 interpretaba lo contrario, y un día despertó y repasó su plan mientras se duchaba, en el cuarto mientras se vestía, y en el auto (mentalmente) mientras lo llevaban. Aprovechó que los curas se dirigían a las puertas de los respectivos salones, dejando con poca vigilancia la Dirección, el ascensor tras la pared del escritorio, que él había descubierto en vacaciones mientras esperaba la nota de Química, un reñido 10 que lo salvó del arrastre. El 40 era consciente de que su tiempo era corto; los cinco minutos que duraba el himno más lo que llevara la inspección y el ingreso, es decir unos cinco minutos más para un total aproximado de diez, que podían acortarse si fallaba el altoparlante, o alargarse si fallaba el pelo duro de algún infeliz.
Y, al menos al inicio, la suerte estuvo de su lado: no había nadie a esa hora en la Dirección. Revisó gavetas, cajones del archivo, espacios entre documentos y el cielo raso en la cabina del ascensor, el cual tenía nada más que dos botones: planta baja y un casi instantáneo primer piso.
Y encontró la puerta multilock semiabierta, lo suficientemente abierta como para pasar a través de la hendija, y toparse con una sala iluminada en un punto en el que había una cortina plegada, la ventana abierta y un cenicero en el alféizar, y un cigarro apuntando al exterior del colegio.
Y al palpar la mesa de pool en el centro de aquella sala con los ojos cerrados, recordó sus escapadas victoriosas en el sur; recordó que del antiguo colegio se había ido invicto, y sintió que así debía permanecer.
Y de nuevo revisó gavetas, espacios entre documentos, alacenas, closets (en uno vio una lustrosa caja fuerte), pero el sinograma chino descansaba en una mesa de noche, en un cuarto que olía a mirra y pantufla. Tenía un señalador en la página 40, que al 40 hizo creer que era señal del destino, del próspero destino; pero cuando se dispuso a leer lo que ahí decía el chirrido infernal lo sacudió.
Se arrojó por la ventana sin medir la altura, llevándose por delante el cenicero, propiciándose una leve cojera que le hizo, incluso seis horas y trece minutos más tarde, obligarle a arrastrar un pie hasta la esquina en que Zoritza recuperaría su libro; y sin mostrar un mínimo de curiosidad de cómo él lo había recuperado (o por qué él caminaba con esa rara dificultad), ella a él le dijera que le gustaba su olor “como a limpio”, para luego cruzar hasta la esquina siguiente, y abrazar a otro chico de gorra y de encubridores lentes de sol. Un abrazo que el 40 consideraría distinto al que él había recibido, porque en él no terminaba el encuentro, sino que lo empezaba.
Y con toda la ciudad por delante para escapar a donde fuera.

*Cuento del libro “Los regalos y las despedidas” (LP5 Editora, 2022)

***Ricardo Añez Montiel nació en Maracaibo, Venezuela, en 1982. Ha publicado los libros Ciudad blanca sobre fondo blanco (Ediciones del Movimiento, 2015), Agonía de los días terrestres (Caleta Olivia – Rangún, 2018; El Taller Blanco Ediciones, 2020), S, M, L (LP5 Editora, 2020), Los regalos y las despedidas (LP5 Editora, 2022), Botella imposible (Luba Ediciones, 2024). Mención de honor en el VIII Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2021 con El rezo de los chatarreros, libro que próximamente saldrá en Quito por El Ángel Editor. Textos suyos han aparecido en medios digitales e impresos de Argentina, Costa Rica, Estados Unidos, España, México, Colombia y Venezuela. Vive en Buenos Aires desde 2007.