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Un cuento de Boris Landa

BORIS LANDA (San Petersburgo, 1948). Nació hace mucho tiempo. Estudió bastante, se casó muchas veces, trabajó poco, ha vivido por aquí y por allá. En este momento reside con los amigos en la Isla Margarita, Venezuela, donde estudian filosofía en la escuela de Pitágoras.

Gladys Mendía 1 mes ago 5
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Traducción al castellano por Olga Slyunko
Revisión por Gladys Mendía

Siempre estamos acampando…
Bulat Okudzhava[2]

Entré a primer año en la universidad americana: tenía veintiocho, y estudiaba con los de dieciocho. El inglés estaba incluido en el programa obligatorio. La simpática, inteligente, con buen sentido de humor, mi contemporánea filóloga, no sé cómo más llamarla, nos dio la tarea de escribir una composición con un tema libre. Filología es el amor a la palabra, a la literatura. Y ella lo tenía. Y había una sencillez, donde uno podía respirar con calma, donde no hay espacio a los pensamientos perversos. Nos encontrábamos solamente en el salón – dos adultos acompañados con los niños. Los niños no nos molestaban. Eso es difícil de interrumpir. Yo no sabía nada sobre ella, ni ella sobre mí. Estábamos suficientemente cercanos para no dañarlo con el conocimiento personal excesivo. Yo también le caía bien. Quería escribirle algo notable, algo que no conociera. Digamos, algo masculino y ruso. Pensé en escribir sobre las marchas peligrosas, sobre El Ural Sub-Polar[3] y Carelia[4], sobre las valsas rompiéndose contra las rocas, sobre canoas hundiéndose entre los rápidos, sobre el hambre, el frío y la hermandad. Así lo pensé. Pero salió diferente. Escribí sobre lo mejor que había en aquella vida que parecía haberse esfumado para siempre. Sobre Ti. Era un canto glorioso, aunque en aquel entonces no sabía nada sobre eso. Escribí sobre ti mujer, quien me regalaba un inglés sencillo noble y musical. Su inglés. Era un idioma imperceptiblemente femenino. Y la voz, que uno quería escuchar y regresar a su lado. Qué bueno que no recuerdo, que nunca sabía su sencillo nombre americano, con el que la cargaron los gentiles padres de Oklahoma o Nebraska. Aunque no creo que tuviera padres ni nombre. Pero ¡como lo pronunciaba! – “me llamo…”. Dios mío, ¡qué cosa puede hacer la entonación entre las personas! ¿¡Y el tono?! Una confianza increíble surge a pesar de todo. Surgió entre nosotros dos, y le confié lo mejor que tenía. Y me puso la mejor nota.

Era un canto glorioso convirtiéndose lentamente al discurso fúnebre, ya que al final de la composición supuse que ya te habías entregado al alcohol o lo estabas haciendo. Te enterré. Era claro que no íbamos a vernos de nuevo. Era el sufrimiento sincero y gratis a la cuenta del difunto. La juventud imaginándose madura se pone una máscara trágica, pensando que eso le gusta a una mujer.

La ortografía y puntuación de la composición eran perfectas, porque la revisó mi educada esposa americana. Pero me pareció que ella no quedó contenta con mi obra maestra literaria. Exactamente en aquel momento estaba construyendo un nido para los planificados pero todavía no concebidos pajarillos, y en la composición había alguna frase diciendo que en el único lugar donde me sentía en casa era cuando salía a acampar contigo. Eso la inquietaba. Más que pasadas, futuras o imaginarias mujeres.

Ahora se fueron todas. Las pasadas, futuras, las primeras y últimas. Y seguimos en marcha. Eso no cambió. Cambió la marcha y nosotros. Resulta insignificante que estamos en diferentes continentes, que cuando tú estás de día, estoy de noche, y quien se da a la bebida. Y cuando no estoy en casa significa que no estoy contigo, no estoy en marcha, ocupado con cualquier maricada, conmigo mismo, con lo mío.

Quiero estar en casa. Tiene que ser algo sencillo. Habrá una voz, un aliento suave, filología. Y habrá un mar de aguardiente, aunque nunca lo habíamos llevado al campamento. Y vamos a pensar qué cosa ahogar ahí. Para empezar algo insignificante: ¿a nosotros, continentes, zonas horarias? ¿La magia negra y la brujería femenina? Vamos a pensarlo.

[1] Aleksandr Serguéyevich Pushkin (ruso: Александр Сергеевич Пушкин; Moscú, 26 de mayo./ 6 de junio de 1799.-San Petersburgo, 29 de enero/ 10 de febrero de 1837.) fue un poeta, dramaturgo y novelista, fundador de la literatura rusa moderna. Su obra se encuadra en el movimiento romántico.

[2] Bulat Okudzhava (ruso: Булат Окуджава; Moscú, 9 de mayo de 1924 – París, 12 de junio de 1997) fue un cantautor ruso de origen georgiano, uno de los fundadores del género ruso llamado «canción de autor». Escribió unas 200 canciones, mezcla de la poesía y las tradiciones folclóricas rusas y el estilo chansonnier francés.

[3] Los montes Urales (en ruso, Ура́льские го́ры, Urálskiye gory) conforman una cordillera montañosa que se considera la frontera natural entre Europa y Asia

[4] Carelia, o Karelia es una región histórica–geográfica situada en Europa nororiental, patria de los carelios, un pueblo que vivía en una vasta área actualmente compartida entre Finlandia y Rusia.

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BORIS LANDA (San Petersburgo, 1948). Nació hace mucho tiempo. Estudió bastante, se casó muchas veces, trabajó poco, ha vivido por aquí y por allá. En este momento reside con los amigos en la Isla Margarita, Venezuela, donde estudian filosofía en la escuela de Pitágoras.